Revista La Maza N° 52

Revista La Maza N° 51

EDITORIAL
  El kirchnerismo crepuscular ha decidido comprar su retirada adoptando, sin quejas ni protestas, el programa de la burguesía hegemónica, aquella a la que extorsionó y a la que le cobró peaje durante los años de la incertidumbre. Hoy, alejada de sus momentos de supremacía política, la camarilla gobernante hace malabares para explicarle a su escasa base militante las virtudes de una política reaccionaria, anti obrera y entreguista. Justificar la devaluación, el congelamiento salarial, el giro a la derecha en la política de seguridad, la sumisión a los usureros internacionales y sus organismos, la entrega de los recursos petroleros o la indemnización a los ladrones de Repsol requiere un titánico esfuerzo oratorio y una imaginación que excede a los voceros de la camarilla lumpen y corrupta. Provoca risa oír al antiguo sirviente del Opus Dei, Jorge Capitanich, convertido en vocero de un gobierno que, pese a su cacareo populista, defiende, imperturbable ante el ridículo, las bondades de una política que los trabajadores y el pueblo argentino ya conocemos de sobra porque la hemos padecido con Isabelita, con Martínez de Hoz, con Menem y Cavallo, con De la Rúa y su Alianza. No por casualidad los patéticos discursos de Cristina Fernández terminan en anacrónicas arengas que hablan de otras épicas, absolutamente ajenas a su conducta, ante un mínimo auditorio tan juvenil como colonizado, en un minúsculo escenario palaciego convenientemente alejado de las miserias del pueblo. La burguesía hegemónica, la misma contra la que se cansó de boquear y a la que más enriqueció este gobierno, se frota las manos con el giro político del gobierno. Y espera más, mucho más, en este sinceramiento de clase del kirchnerismo. Quedan tareas pendientes y los dueños del país le exigen a esta pandilla de ladrones en retirada que las ejecuten. Hay que restablecer el orden público, hay que retomar institucionalmente el control de las calles, hay que reglamentar las protestas de manera que se transformen en inocuas, hay que poner al ejército genocida en las calles (con el cuento de la inseguridad y el narcotráfico), hay que militarizar las villas y los barrios obreros (como hace la amiga Dilma en Brasil). Y todo eso para quitarles a los trabajadores y el pueblo los beneficios y las conquistas logradas desde el Argentinazo del 2001. Hay que sacarles diez puntos de su participación en la renta nacional, para retrotraer los salarios a antes de aquella explosión. O sea, hay que hacer que sea el pueblo el que pague el costo de una fiesta de la que apenas percibió mendrugos. Y el régimen le exige a un gobierno derrotado y sin futuro que sea el que lo haga. Y este gobierno populista otoñal, con altisonantes discursos montoneros aplica la política miserable de los Rodrigo, Isabelita y López Rega!

AJUSTE PARA EL PUEBLO, IMPUNIDAD PARA LOS LADRONES

El régimen sabe que tiene un as en la manga para apretar al gobierno en su debilidad: la imprescindible, ineludible cuota de impunidad que reclama a gritos la enriquecida camarilla populista en retirada. No es sólo Boudou el que está al borde del precipicio. Las denuncias por corrupción o enriquecimiento ilícito que involucran a casi toda la plana mayor de la bandita gobernante, abruman los juzgados. Curiosamente, casi ninguna de esas causas es automáticamente sobreseída, como sucedía hasta hace muy poco. Son pocos los afortunados funcionarios cuyas causas caen en los escasos jueces amigos que aun arriesgan su futuro para proteger fortunas tan ajenas como mal habidas. La mayoría de los acusados ve como los expedientes que los involucran descansan sin prescribir en los cajones de los escritorios judiciales y se transforman en armas cargadas de futuro en manos de jueces ansiosos de permanencia. El gobierno y esos funcionarios saben que la corporación tribunalicia es experta, como pocos, en el arte de leer los tiempos políticos y desempolvar, en el momento justo, los expedientes retenidos. Y saben, también, no es ningún secreto, que el tiempo político del kirchnerismo es el pasado. La burguesía cierra sus cuentas con la camarilla gobernante apretándola como un limón, exprimiéndola hasta la última gota, usa todas sus herramientas y se monta y expropia la profunda ruptura del pueblo con un gobierno que es, cada día más, un huérfano político.
La promesa de impunidad es un poderoso estimulante de esta recuperación de la memoria de clase que está protagonizando el populismo otoñal. De pronto, son amigos del alma de Bergoglio, al que siempre amaron, y de Milani y los militares; de pronto Macri, el cheto gorila o el garca, pasa a ser Mauricio. De pronto el avión presidencial se abre a los opositores burgueses y se organiza un paseo de compras y placeres conjunto para la asunción de Bachelet. También de pronto le aflojan plata a Scioli para detener la inacabable huelga docente y para reforzar sus policías. Y podríamos seguir largamente con la larga lista de sapos que Cristina está tragando. Pero esa es la ley de la política burguesa, reconocida hasta por el propio Juan Perón. En su mitológico Manual de Conducción Política, el viejo escribía que el que gana dirige y el que pierde acompaña y obedece! Curiosamente, esa lógica peronista es la misma que, hoy, le aplica la burguesía opositora al kirchnerismo, residuo histórico y cloacal del peronismo.
La derrota electoral ha tenido la virtud de llevar al kirchnerismo, de vuelta, a sus orígenes, a aquellas épocas de señores feudales de provincias, de matones de pueblo, de patrones de estancia chica. Los discursos épicos suenan cada vez más huecos, menos sinceros y, sobre todo, menos eficaces. Los cánticos triunfales empiezan a ser una cáscara vacía que intenta encubrir una deshonrosa retirada política que puede ser simbolizada en una vieja letra tanguera del gran Enrique Cadícamo: vuelvo vencido a la casita de mis viejos Y, por estas horas políticas, el problema central para esta bandita de chantas, corruptos, mentirosos y vende patrias es saber cómo llegar en libertad y con sus patrimonios a salvo a ésa casita, hasta donde llega el precio a pagarle al régimen y, sobretodo, si los negros y el pobrerío van a aguantar ese precio en sus lomos o se van a rebelar.
El 10 de abril habrá un gran paro general. Lo convocan las CGT de Moyano y Barrionuevo y una bandita de otros viejos burócratas sindicales que olfatean el olor del cadáver y sólo quieren posicionarse para la sucesión. Por eso es que le han dado un carácter dominguero y pacifista al paro. Es que ellos le tienen tanto miedo al pueblo en las calles como el propio gobierno. Pero las razones profundas que explican la legitimidad del paro, el hambre en la mesa de los pobres, el desempleo creciente, la carestía, la exclusión social que revienta en violencia callejera, la entrega del patrimonio común, deben llevarnos a unir todos nuestros esfuerzos para asegurar un paro contundente, activo, callejero, rebelde, insurrecto, que desborde y supere las intenciones de los crápulas de los sindicatos y golpee al gobierno. Desde estas páginas, convocamos a la izquierda autonómica y libertaria a transformar el paro dominguero de Moyano y Barrionuevo en jornada de rebelión popular para derrotar al ajuste y para encaminarnos a derrocar al régimen.

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Revista La Maza N° 50

EDITORIAL
  Con éste número, LA MAZA cumple su 50° entrega. No es poco mérito para una de las pocas publicaciones forjadas a partir de la insurrección popular del 2001 que logró atravesar todos estos difíciles años, en los que la cooptación gubernamental, el cansancio político y la confusión ideológica hicieron estragos en las filas de las organizaciones populares independientes. LA MAZA no sólo sobrevivió, sino que se fortaleció en esa lucha para mantener la autonomía política y construir una clara identidad revolucionaria, anticapitalista, socialista y libertaria. El primer número, con un formato distinto y más pequeño que el que adoptaría en definitiva, apareció en aquellos momentos de mediados del 2004, cuando las clases medias acompañaban la transformación del dolor de Juan Carlos Blumberg por el asesinato de su hijo en una gran cruzada reaccionaria que sacudía el tablero político. Decenas de miles de personas acudían a su convocatoria y hasta el propio Néstor Kirchner le daba entidad a sus reclamos de mano dura, imponiendo leyes que, claramente, criminalizaban la pobreza y que aún perduran en nuestro ordenamiento jurídico. No fueron pocos los dirigentes de izquierda que, seducidos por la multitud, participaron de sus marchas y que terminaron legitimando una construcción al servicio de los peores intereses. Sin embargo, aquel número inicial de LA MAZA ya marcaba un camino de ruptura con todo aquello que se expresada allí: su título de tapa era No hay sociedad segura sin justicia social! Era el inicio de un camino que, con interrupciones y altibajos, llegó hasta esta edición. Podemos afirmar, con orgullo, que hemos construido una herramienta al servicio de la difusión de las posiciones del socialismo revolucionario y libertario y del debate democrático de ideas dentro de los límites de la independencia de clase. Ha sido posible por la colaboración solidaria de muchos compañeros, comenzando por los más humildes, por los compañeros que la difunden, que la hacen presente en marchas, actos y protestas de todo tipo. También es fruto del aporte de muchos compañeros que acompañan el camino que nosotros recorremos, aún con diferencias y distintos puntos de vista y que nos hacen llegar sus escritos, poesías, ilustraciones y sugerencias de todo tipo. Y, finalmente, es el producto de un trabajo en equipo, una tarea colectiva, un debate democrático, fraterno y cotidiano entre los que formamos su equipo de redacción y edición. A todos ellos les agradecemos sus aportes, sin los cuales no hubiésemos podido llegar hasta acá. Y, fundamentalmente, les agradecemos a los miles de compañeros que nos han leído en ésta travesía y que son el destinatario de nuestros esfuerzos. Si hemos contribuido a acercarles una visión distinta del marxismo y del socialismo libertario que los llevó a reflexionar sobre nuestro papel como oprimidos en esta lucha emancipadora, si les hemos provocado una duda o hemos despertado su curiosidad, si le hemos acercado un panorama de las luchas populares y de los debates en el seno de nuestra clase, si hemos podido despertar su sensibilidad revolucionaria, habremos cumplido con creces nuestra misión.

GOBERNANDO CON EL PROGRAMA DE LA PEOR DERECHA

Por otra parte, también en este mes de marzo, hemos escuchado el largo mensaje a la Nación de Cristina Fernández, en ocasión del inicio del periodo legislativo. Fue acompañada por una cada vez más menguada y mejor pagada convocatoria de sus aparatos, a los que la Plaza del Congreso les quedó enorme de tanto vacío y tanta indiferencia popular. Su discurso fue más gravitante por lo que no dijo que por lo que sí dijo. No habló del país de la inflación que se come el bolsillo de los pobres, nada dijo de los salarios o las jubilaciones clavados en cifras de hambre, no mencionó el desmadre energético que azotó a la población durante los meses previos ni el despojo a la economía popular consumado con su devaluación. No se hizo cargo del vergonzoso acuerdo con Repsol ni dio los detalles reservados de la sociedad con Chevron en Vaca Muerta. CFK no quiso llamar por su nombre, ajuste brutal contra el pueblo, a su giro económico.
Pero sí habló del problema que, realmente, comienza a preocupar cada día más a su gobierno: el control de la calle, la resistencia social que crece, las protestas cada día más generalizadas. Y, cuando lo hizo fue aplaudida por toda la derecha legislativa, incluidos los macristas: va a elevar un proyecto de ley para castigar a los que manifiesten su bronca en la vía pública. Eso mismo es lo que, en su accionar, ya anticipaba su Villar y Margaride de cabotaje, el carapintada de Sergio Berni.
Finalmente, el kirchnerismo que ha adoptado como propio el programa económico de la derecha liberal, asume, también, su reclamo de mano dura ante las protestas. De aquel progresismo, siempre más discursivo que efectivo, ya no queda nada. Ahora, al kirchnerismo es muy poco lo que lo distingue de los tradicionales aparatos de la dominación capitalista. Se ha transformado, definitivamente, en un discurso lleno de mentiras que muy pocos creen para justificar una política de hambre y entrega que nadie, en las filas del pueblo, avala.
El populismo, como siempre ha sucedido en la historia, llegado el momento de las vacas flacas deja atrás su ropaje benefactor y se pone a disposición de sus amos. Les entrega los restos de popularidad y control de calle que aún le restan, con tal de preservar la tasa de ganancia de los capitalistas, aun cuando, al hacerlo, sacrifica su futuro político como corriente. Sólo un gobierno peronista, antes, debió enfrentarse al pueblo como ahora lo hará éste gobierno. Fue el de Isabel Perón, la que terminó sus días a manos de los militares, acorralada por las protestas y las huelgas de millones de trabajadores peronistas y despreciada por el pueblo. Ahora, el gobierno de CFK deberá confrontar con su propio electorado y con su base social para imponer el programa de la derecha, el que ha hecho propio, el de devaluación, inflación, bajos salarios, hambre y entrega. En las luchas que están por venir no sólo se decidirá si el pueblo paga la fiesta de los burgueses, sino, también, si el viejo verso peronista resiste una nueva traición o si abre paso a una nueva identidad política de los oprimidos, una identidad de liberación y emancipación social que entierre, definitivamente, la dominación capitalista.

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Revista La Maza N° 49

EDITORIAL
  Finalmente, por si alguna duda les quedaba a algunos, el gobierno de Cristina Fernández se ha quitado todas las caretas y se ha despojado de todo disimulo. Ante el achicamiento de sus recursos económicos, con creciente déficit fiscal, brutal e insoluble crisis energética, caída estrepitosa de las reservas y una inflación y dólar negro fuera de control, se ha lanzado a aplicar un ajuste feroz contra el pueblo. En los últimos dos meses el peso se ha devaluado en casi un 40%, la inflación del año que acaba de terminar rondó el 30% y se estima que enero arrojará un crecimiento de los precios cercano al 6%. Los aumentos del transporte público y de los combustibles de diciembre han sido sucedidos, ahora, por una verdadera ola de remarcaciones de todos los precios. Este ajuste brutal implica una confiscación de los ingresos de los pobres que supera el 30 % y que golpea, especialmente a los más humildes. Los jubilados, los docentes, los empleados públicos, los que sobreviven con planes sociales, los trabajadores y los pequeños comerciantes, los más vulnerables, los siempre castigados y postergados serán los más afectados. Los capitalistas no vacilaron en trasladar el nuevo precio del dólar a todos los productos, empezando por los que componen la canasta básica. Incluso, durante los últimos días de enero, fueron varias las cadenas de electrodomésticos y otros rubros que no tenían precio de venta porque estaban reelaborando sus listas.
Este nuevo ataque a la economía popular sucede al despojo que ya se venía perpetrando con índices inflacionarios que erosionaban regularmente el escaso poder adquisitivo de los salarios. El resultado es que, en la fabulosa década ganada millones de argentinos serán sumergidos en la miseria, en medio de una oleada de carestía como no vivíamos desde el 2001.
Por otra parte, los exportadores, comenzando con los dueños de las cosechas y las cuatro grandes empresas monopólicas amigas del gobierno que concentran las exportaciones de granos, se frotan las manos: de un día para otro han multiplicado sus ingresos. Lo mismo festejan las grandes empresas, extranjeras casi todas, cuyos costos en dólares (salarios, servicios de energía e insumos locales) disminuyen en un alto porcentaje mientras crecen sus posibilidades de exportar. Y más festejan la banca, los usureros y los piratas de las finanzas que ganan en una punta y otra de la timba especulativa en curso.

HAY QUE ENFRENTAR EL AJUSTE Y LA MISERIA KIRCHNERISTA

Pero este giro político del gobierno, accediendo a las demandas e imposiciones de los poderosos, es sólo el principio. El kirchnerismo en bancarrota, con sus cuentas en rojo, sin conducción política y sumergido en una ola de repudio popular, se arrodilla ante los acreedores y usureros internacionales, pidiéndoles perdón y permiso para volver a endeudarse con ellos mismos a tasas exorbitantes. Recorrerán el mismo espinel de banqueros, consultoras, organismos internacionales y prestamistas que han recorrido antes Cavallo, Lavagna, Lemes y tantos otros ministros de economía del régimen. La deuda, la que, pese a los discursos mendaces del gobierno, jamás dejamos de pagar y jamás dejó de crecer, volverá a ser el primer mandamiento de los argentinos. Seguiremos viviendo para pagarles a los usureros préstamos que nunca vimos, que jamás construyeron hospitales ni escuelas ni puentes ni rutas ni viviendas, pero que sí enriquecieron a esos ministros, a los coimeros, los intermediarios y, por supuesto, a nuestros gobernantes convertidos en agentes de cobranzas de los usureros.
Pero para poder volver a endeudarse, el gobierno deberá arreglar las cuentas pendientes con todos aquellos a los que nunca les iba a dar nada. Ya peregrinó Kicillof ante los fondos buitres, ante los españoles de Repsol y los acreedores en el CIADI, se humilló ante los chinos y suplicó en el Club de París. A todos ellos les aseguró que les pagarán con creces lo que reclaman. Lo harán con el hambre del pueblo, con tarifazos que nos cobrarán servicios públicos destruidos a precios internacionales, con salarios miserables y congelados, con jubilaciones de indigencia y condenando al hambre a toda una generación. Volverán a la eterna deuda de la que fueron celosos pagadores. Terminarán aceptando que el Fondo Monetario Internacional u otro organismo similar les audite las cuentas y les dicte las políticas adecuadas para asegurarle a los usureros la certeza del pago. Ese es el camino que ha adoptado, en su bancarrota y descomposición política y moral, la camarilla de lúmpenes que nos gobierna con su autista jefa a la cabeza. Saben que pagarán un alto precio: el irreparable desprecio del pueblo e, incluso, el alejamiento de muchos de los que los siguieron. No son pocos los que están saltando el cerco y alejándose de un palacio y una corte de alcahuetes que está bailando sobre la cubierta del Titanic, como bailaba Cristina el 10 de Diciembre mientras el país ardía en saqueos y los muertos se contaban por decenas. Verbitsky y el CELS, Horacio González y su Cartera Abierta, la Paco Urondo, sectores del Evita y tantos otros, junto con preocupados gobernadores, intendentes, punteros y sindicalistas ven venir una tormenta social de magnitud y buscan nuevos refugios.
Sin embargo puede suceder que el kirchnerismo pague un precio más alto, todavía, y arrastre, en su caída, al régimen todo: puede que la extendida bronca popular se transforme en acciones de repudio callejero y que una oleada de protestas populares sacuda el tablero de los intereses imperiales y de sus sirvientes locales. La democracia bastarda de radicales, peronistas, social demócratas y macristas no tiene nada que ofrecerle a los oprimidos y éste derrumbe estrepitoso de los kirchneristas es la confirmación de que nada puede esperar el pueblo de ninguna de esas variantes de la partidocracia corrupta, mendaz y servil.
Empezamos a transitar momentos que pueden marcar épocas: es posible que un pueblo que no ha olvidado las lecciones aprendidas en años de lucha anteriores se ponga a andar por sus banderas; puede que vuelvan a brotar, como sucedió apenas unos pocos años atrás, como flores en imparable estallido de primavera, las organizaciones independientes de agrupamiento y lucha de los oprimidos. Puede que un Argentinazo esté madurando y es obligación de todos los luchadores empujar su caminar hacia el futuro.

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Revista La Maza N° 48


EDITORIAL
  El cambio ministerial dispuesto por CFK es un claro reconocimiento de la debilidad política en la que ha quedado sumido el gobierno después de las dos palizas electorales sufridas en los últimos meses. El retorno del kirchnerismo al viejo peronismo dejó en el camino a algunos leales pero impresentables soldados, encabezados por Guillermo Moreno y Abal Medina, y en una situación de extrema incomodidad a los aliados progresistas, como Verbitsky y Carta Abierta. La aparición rutilante de Capitanich, ex colaborador cercano de Duhalde, como presunto hombre fuerte y posible heredero oficial y la entrega del manejo económico a un ex discípulo de Domingo Cavallo, como Kicillof, anuncian que el gobierno se dispone, con sus rémoras y contradicciones, a cumplir la agenda política social y económica de los vencedores. El dinero se acabó, la fiesta se termina y el ajuste ha llegado. Un nuevo cepo, ahora salarial, ha sido anunciado por éste tándem como receta salvadora para combatir la inflación: las paritarias no podrán firmar aumentos por encima de un miserable 18 %, sentenció Kicillof. El kirchnerismo en decadencia adhiere, así, a las posturas del maestro de su ministro de Economía: no son los explotadores, los comerciantes y los especuladores los que generan la inflación y lucran con ella, sino que los precios aumentan porque los pobres luchan por no morirse de hambre! El anuncio de un inevitable tarifazo selectivo y una devaluación del 30% sobre el dólar turista fueron acompañados con un alza de todos los combustibles líquidos, medida que, en un país donde el transporte automotor es la regla, generará un fuerte impacto en el costo de vida de los humildes. No habrá bonos para jubilados ni aumentos de emergencia para nadie, pero sí se atenderá con solicitud todo reclamo de los usureros internacionales que afecte la posibilidad de volver a endeudar a nuestro pueblo. Empezando por pagarles a los españoles de Repsol una cifra cercana a los 8.000 millones de dólares como resarcimiento por haber vaciado nuestro subsuelo de petróleo y gas. Y otros 500 millones para cumplir con el CIADI, un tribunal a la medida de los usureros. Y, para acompañar en el terreno social este giro hacia los dueños de los mercados (volveremos a donde nunca debimos irnos!, dijo un eufórico Néstor Kirchner en Wall Street hace algunos años!!), se fortalece un eje represivo basado en el ejército y conducido por un ex capitán carapintada (Berni) y un general genocida (Milani), al que una desquiciada Hebe de Bonafini saluda con entusiasmo como un militar sanmartiniano.

LA AGENDA DE LOS POBRES

Sin embargo, el país que acaba de propinarle una paliza electoral al gobierno no lo hizo para reconstruir un gobierno recostado en la peor derecha, sino para proclamar que no admite más parches ni limosnas y que no ha sido partícipe de la dékada ganada por esta bandita de aventureros y sus patrones. El malestar social se extiende a todas las capas de la población humildes y la bronca madura en los barrios pobres. La pérdida del poder adquisitivo de los salarios, el insaciable avance de la inflación sobre los sueldos, las suspensiones y los despidos y la evidente caída de la demanda laboral suman su cuota de desesperación en millones de argentinos que nunca gozaron de los beneficios de la cajita feliz administrada por el gobierno y sus secuaces. La oleada de saqueos que conmovió al país y desnudó un gobierno paralizado, anticipa la llegada de un tiempo en el que el pueblo explotado tratará de imponer su propia agenda por encima de los intereses de las distintas fracciones y camarillas burguesas. Que prácticamente la mitad de las policías provinciales se hayan amotinado o acuartelado es un claro indicativo de la quiebra del orden capitalista. El servilismo con el que gobernadores de distinto signo pero de economías igualmente quebradas acudieron, bajándose los lienzos, a satisfacer los reclamos de sus guardias pretorianas pone en evidencia su convencimiento de que sin esos verdugos en las calles no durarían ni una sola noche en el poder. Pero ninguna sociedad se sostiene sólo por el número o armamento de sus guardianes: para lo único que no sirven las bayonetas -decía Napoleón- es para sentarse encima de ellas. Aún el más autoritario de los gobiernos requiere, de manera imprescindible, tener alguna legitimidad, algún reconocimiento social, por así decirlo, de poseer utilidad y beneficio público y general. Si carece de ello, si el pueblo no encuentra contención en esos regímenes, por más poderoso que sea su aparato represivo, sus días están contados. La rebelión de los milicos, esos asesinos de pobres fanáticos del gatillo fácil, pone de manifiesto que hasta ellos han intuido que al gobierno le queda poca nafta en el tanque, que serán requeridos a tiempo y palazo completo y aumentan su precio como mercancía escasa y necesaria. En el otro lado de la calle, la falta de legitimidad del régimen se expresa en el rechazo a un gobierno que ha vivido en la ostentación de la opulencia, que ha despilfarrado millones de millones de dólares, que ha entregado al economía y la soberanía nacional como ninguno en las últimas décadas y se traduce en desprecio violento a normas de convivencia y buenas vecindades que sólo sirven para perpetuar la miseria. En los saqueos, como en botica, se mezcla de todo. Desde las internas policiales hasta las sucesiones políticas, desde los matones de barrio hasta los lumpenes de las barras bravas dejan su huella en estos hechos. Pero, la llama sólo enciende la pradera si el pasto está seco y ese clima social de bronca y desesperación, sostenido por la miseria perpetua y el futuro sin esperanza, es el que explica la masividad de los saqueos, su generalización y su extensión geográfica. Reducir este clima de estallido social que se está instalando en todo el país a maniobras políticas o policiales es seguir gobernando con el INDEC de Moreno en la mano, una estadística donde no hay pobres ni miserables y donde todos estamos felices de ser parte de la dékada robada. Finalmente, la realidad hace trizas el doble discurso y la mentira permanente del progresismo bien pago. Han pasado apenas semanas desde las elecciones y ya el pueblo está marcando, de manera inorgánica, violenta y caótica, cuál es la agenda que pretendió imponer en octubre. El año que se inicia será el de una confrontación directa, sin mediaciones discursivas, entre esas dos agendas, entre esos dos programas, el de los pobres para imponer un nuevo orden social y el del régimen para perpetuar la miseria y la entrega.

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Revista La Maza N° 47


EDITORIAL
  En medio del clima funerario que vivía el oficialismo después de la derrota en las elecciones legislativas, el fallo de la Suprema Corte de Justicia contra el Grupo Clarín por la Ley de Medios, fue una bocanada de oxígeno invalorable.
Permitió que sus voceros recuperaran una sonrisa extraviada y que algunos de ellos se ilusionaran con retomar una iniciativa política que, a la luz de los resultados electorales, aparece en otras manos y en otros dirigentes burgueses.
Sin embargo, el dictamen sigue dejando las puertas abiertas a las chicanas de los abogados de esta Corpo, que no se resignará fácilmente a perder los privilegios y las posiciones monopólicas acumuladas a lo largo de décadas transando con el poder político. Pero, en cuanto a la realidad del gobierno, es claro que, una vez que se disipen los vahos del festejo, la contundencia de la relación de fuerzas expresada en las urnas lo volverá a poner a la defensiva y contra las cuerdas.
El resultado electoral ha significado la constatación del agotamiento del kirchnerismo como proyecto de dominación política, autoritario y populista a la vez, al servicio de los grandes capitales. Este proceso de decadencia, iniciado en el 2009, atravesó idas y vueltas y parece, ahora, haber alcanzado un punto terminal. El oficialismo perdió en todos los grandes distritos y en casi todas las grandes ciudades del país. Fue arrasado por Massa en la madre de las batallas, la provincia de Buenos Aires. En la Capital Federal quedó relegado a un tercer puesto, perdiendo los dos senadores que tenía. En Santa Fe y Córdoba, quedaron terceros. En Mendoza quedaron segundos, detrás del destituyente Cobos y en Santa Cruz, su terruño, fueron derrotados por el radicalismo después de décadas de hegemonia. En sólo dos años, el kirchnerismo perdió más de cuatro millones de votos. La licencia de la Presidenta, por sus problemas de salud, fue infructuosamente utilizada para intentar generar un voto solidario con su figura, cosa que estuvo lejos de suceder. Sirvió, en cambio para sacarla de un escenario de derrota, donde la patética figura de Boudou como maestro de ceremonias reflejó, mejor que cualquier análisis, la bancarrota política del gobierno. Sirvió, también para hacer pasar desapercibida ante los ojos del pueblo la nueva agachada de estos progresistas de cartón, poniéndose de rodillas ante el Banco Mundial y ante los que litigaron contra el país en su tribunal (el CIADI), pagándoles juicios indemnizatorios por más de 500 millones de dólares.

EL HORNO NO ESTÁ PARA BOLLOS

Se ha abierto una etapa de transición política, en la que el régimen se apresta a encarar la sucesión del kirchnerismo, con o sin su acuerdo. El problema es que lo hará en el marco de una fuerte retracción económica, desajustes cambiarios, déficit fiscal e insostenibles importaciones energéticas, entre otros obstáculos, lo que transformará los tiempos por venir en un hervidero de maniobras, presiones, corridas, aprietes y convulsiones. La gran burguesía, reunida en el coloquio anual de IDEA, realizado el mes pasado en Mar del Plata, elaboró su plan económico y financiero. El derrotado carece de derechos, parecieran decirle, los dueños del país al gobierno. Por eso aspiran a que sea el kirchnerismo agónico el que se haga cargo del precio de la fiesta y de un feroz ajuste sobre el bolsillo de los pobres. Este verdadero ultimátum ya comienza a dividir aguas dentro del oficialismo, entre los gobernadores, entre los caciques territoriales y en el propio gabinete de ministros. Todos ellos se encuentran en estado deliberativo y todos aspiran a quedarse con algún bote salvavidas cuando venga el inevitable naufragio. Debilitado, el gobierno comenzará a encontrar fuertes resistencias a un autoritarismo huérfano de respaldo y carente de futuro. La reaparición de la Liga de Gobernadores y el protagonismo de Scioli, anuncian el fin del bonapartismo kirchnerista, reducido a su núcleo más duro.
La oposición burguesa es un rejunte de miserias políticas que se alimentan del ocaso oficialista y que no tienen más programa que el ajuste, el congelamiento de jubilaciones y sueldos, el recorte del gasto social, el fin de los subsidios, la devaluación y el tarifazo. Sin embargo, ese programa choca con una realidad social adversa: el grado de organización popular y el estado de ánimo de la población no son propicios para hacer pasar ese trago amargo sin que corra sangre por las calles del país. Eso refuerza las presiones sobre el gobierno para que sea el que se anime a colocarle el cascabel al gato, utilizando sus menguadas herramientas de control y confusión (sus desprestigiados organismos de DDHH, la debilitada burocracia sindical y los mamarrachos territoriales y culturales a sueldo) y recurriendo, si es necesario, a los Berni, Granados, Milani y los aparatos represivos, incluidos los militares. Pero el kirchnerismo, dividido y en derrota, se niega a avanzar frontalmente contra el pueblo porque percibe el riesgo explosivo que entraña la tarea. La expresión electoral de ese clima hostil fueron los millones de argentinos que no votaron o votaron en blanco (el 30 % del padrón) y los casi dos millones de votos de la izquierda legalista, la que recogió la mitad de los votos perdidos por el desacreditado oficialismo. Ello constituye una clara advertencia de los oprimidos a la burguesía y el gobierno contra la aplicación de un ajuste. Sin embargo, a los capitalistas las cuentas no les cierran y cada día les cerrarán menos, por lo que, a regañadientes o a cuenta gotas, el gobierno deberá aplicar el único programa de la burguesía, el de la devaluación y el tarifazo. En las calles y en las peleas por venir se definirá si el régimen logra imponer su receta o si el pueblo movilizado, en la confrontación directa y violenta contra los explotadores, les tuerce el brazo e impone una solución acorde a sus intereses históricos y de clase, abriendo el camino de la verdadera liberación social y nacional, el camino del socialismo y la libertad.

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Revista La Maza N° 46


EDITORIAL
  En estos días se cumplen treinta años del restablecimiento de la democracia en nuestro país. La derrota en Malvinas y la persistencia de la resistencia popular pusieron contra las cuerdas a la dictadura militar más sangrienta de nuestra historia y la dejaron a merced de un pueblo heroico y movilizado que ganaba las calles cada vez con mayor masividad y contundencia.
Exigía justicia, aparición con vida de los miles de desaparecidos, libertad de los presos políticos, libertades democráticas, políticas y sindicales. Pero, también y sobre todo, exigía la restitución de las importantes conquistas sociales y económicas logradas en décadas de lucha y arrebatas a punta de fusil por los militares genocidas para enriquecer a los socios empresariales de la dictadura.
Y, mientras la dictadura apuraba la negociación con los siempre bien dispuestos políticos burgueses y restablecía la legalidad del funcionamiento de sus partidos, el pueblo reconstruía su memoria, abrazaba a los sobrevivientes, rescataba las luchas y sus enseñanzas. Se proponía reinstalar la discusión acerca de qué sociedad construir y al beneficio de quiénes. Pero ni los militares ni los políticos de la burguesía estaban dispuestos a tolerar ese rumbo al período post-dictadura que ya se vivía.
Entonces, transaron. El que primero acudió a la cita con los genocidas fue el viejo peronismo de Lorenzo Miguel, Bittel y compañía, el mismo que se incendiaría con el cajón de Herminio Iglesias. Con un poco más de discreción, también concurrió a la cita la Unión Cívica Radical, encabezada por el ex cadete del Liceo Militar, Raúl Alfonsín, viejo camarada de aulas de los generales Viola y Videla.
Fuese como fuese el desarrollo del acuerdo de impunidad sellado, lo que quedó claro era que el tránsito a la democracia no sería en beneficio del pueblo explotado ni de la Nación saqueada. Que se preservarían los negocios y las fortunas mal habidas y ensangrentadas de la burguesía argentina; que se honraría la deuda externa pactada para enriquecerlos a ellos y a los banqueros y gestores usurarios; que no habría revisión de los negociados del Mundial 78 y su TV color; que nadie indagaría seriamente el destino de los desaparecidos y que se garantizaría impunidad para los artífices y beneficiarios del período más negro de nuestra historia nacional. Y, tal vez porque pactó con mayor discreción que los peronistas, fue el partido radical el que se quedó con el sillón de Rivadavia, empujado por el voto multitudinario de un pueblo que creyó el verso alfonsinista de democracia en la que se come, se educa y se cura y de los juicios históricos en los que los genocidas pagarían sus culpas, mientras la CONADEP preparaba un informe más útil para los historiadores que para hacer justicia popular.
Lo que vino después es más conocido. La democracia demostró ser hija bastarda de la dictadura y de los poderes hegemónicos que aquella o bien construyó o bien fortaleció como nunca. Los partidos del régimen con su esquema bipartidista, radicalperonista, se encargaron de desandar los primeros y tibios pasos para acabar con la impunidad, vinieron las leyes de obediencia debida y punto final, vino el indulto de Menem y la reconciliación nacional y social con los empresarios socios e inspiradores del genocidio y con una cúpula eclesiástica que bendecía los fusiles asesinos.
En estos treinta años se les pagó a los acreedores varias veces el PBI anual de nuestro país, sólo para seguir debiendo, cada año, un poco más. En estas décadas, la Argentina de los pobres quebró varias veces. Se derrumbó el país con mayor alfabetización del continente; el abismo social se hizo cotidiano para millones y millones de argentinos que debieron aceptar vivir sobre la basura, comer de las sobras, vestirse de lo que tiran las clases medias y morir en los basurales; desaparecieron escuelas y hospitales públicos; la vivienda popular se transformó en un espejismo y el transporte público se derrumbó. Las empresas nacionales fueron rematadas a los usureros mientras la tuberculosis, el alcoholismo, las adicciones y el chagas hacen estragos entre los más pobres. En tanto, las fortunas mal habidas siguieron sentadas en todos los resortes del poder, ordenando los pagos, planificando los saqueos, mandando las miserias que sus políticos serviles ejecutan a cambio de una pequeña parcela de brillo y dinero. La corrupción de la política y su peaje fue el precio que paga la burguesía para poder seguir adelante con el programa que empezó a ejecutar Videla y que siguieron ejecutando todos los políticos del régimen, incluso este gobierno. 

TREINTA AÑOS CONTRA EL PUEBLO

Ahora, a tres décadas de la caída de la dictadura, el régimen se enfrenta a otro fin de época, al ocaso del kirchnerismo, a la amenaza de la inestabilidad política en un futuro que promete vacas flacas y crisis económicas. Y es tan categórica la derrota K que se acompaña hasta con la salud del árbitro supremo, CFK, comprometida por las categóricas palizas que está recibiendo y que anticipan un final agitado. Y el kirchnerismo no fue cualquier gobierno, fue el diseño populista del régimen, con pequeñas concesiones de forma y homeopáticas reformas de fondo destinadas a apagar el incendio del 2001; pero, a la vez, pagando como nunca antes cifras siderales a los usureros y asegurando ganancias colosales a los empresarios nacionales y a los saqueadores de afuera. El kirchnerismo ya fue, eso es lo que dirán las urnas este mes. Pero las urnas no dirán quién viene en su reemplazo porque la burguesía no ha podido instalar un candidato ni un proyecto que le asegure la estabilidad y el saqueo futuro.
Deberá imponerlos ante un pueblo mucho más organizado que el del 2001, rebelde, independiente, adicto a la acción directa y con su memoria política reconstruida. La burguesía sabe que vienen tiempos difíciles y por eso muestra sus dientes feroces y aparecen los Milani, los Berni, los Granados y el Ejército y gendarmes y prefectos desalojando pobres y patrullando ciudades.

Amenazan con hacer tronar el escarmiento a los que los desafíen, como hicieron en Bariloche, encerrando por largos meses a cinco humildes luchadores anarquistas para intentar apagar el incendio social o como pretenden hacer con los trabajadores petroleros de Las Heras. Pero los tiempos han cambiado y siguen cambiando en contra de sus designios. Los vientos soplan hacia el futuro y se llevan puesta la hegemonía universal e inmortal del imperio del norte, amo de estos serviles, y dejan como un papanatas a su presidente, humillado en Siria e Irán y con su gobierno cerrado por falta de fondos. Los tiempos por venir, los días esperados, están llegando. A cada uno lo que le quepa.

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Revista La Maza N° 45


EDITORIAL
  La poderosa maquinaria electoral, que todo lo tapa y disimula, se apoderó de la escena política y allí se mantendrá casi hasta finalizar el año. La escalada sin control de los precios de los productos de la canasta básica, los desalojos, los magros salarios, el trabajo en negro, el transporte público transformado en asesino serial del pueblo, el impuesto a la ganancia recaudando 50.000 millones de los bolsillos de los trabajadores, el acuerdo de la infamia firmado entre CFK y Rockefeller para entregarle el petróleo argentino a Chevron, los escándalos de la corrupción y el blanqueo de los capitales fugados, todo eso que ha sido la realidad cotidiana del régimen, aparece, ahora, disimulado en una campaña electoral que ignora las demandas de los oprimidos. Por eso es que nadie puede extrañarse ante la indiferencia popular en la que se desarrolla la pelea entre estos gerentes de la explotación y la entrega. Más allá de la obligada concurrencia a las urnas, estas elecciones han estado ausentes de las preocupaciones del pueblo, así como sus demandas lo han estado de los discursos de los candidatos.
Sin embargo, aunque estos comicios no cambien nada de fondo para los oprimidos, sí han resultado decisivos para los de arriba. En el bloque dominante se han producido fuertes grietas, cuestionamientos, críticas y exigencias fogoneadas por el agotamiento de los factores económicos que posibilitaron el éxito del modelo y que no están en condiciones de ser resueltas por el gobierno. La caída de la demanda externa, el cepo cambiario, las trabas a las importaciones, las retenciones a los granos, la retracción del mercado interno y el crecimiento del déficit energético más allá de lo tolerable por la estructura economía, transformaron en opositores a empresarios que se codeaban con el poder hasta unos días antes del comicio y que no vacilaron en aportarle fondos al peronismo opositor.
Esa situación buscó y encontró expresión política en los rejuntados peronistas opositores y en la nueva Alianza de Carrió y Binner. De manera distorsionada, se nutrieron de un creciente descontento popular y de la penuria económica que afecta a buena parte de la población. Es por eso que, en estos comicios, un desgastado kirchnerismo ha sido ampliamente derrotado por una oposición peronista light, liderada por un mediocre intendente, en el territorio esencial para la dominación política del país, la Provincia de Buenos Aires. Y lo ha hecho de una manera tan incruenta que sorprende a los que recuerdan las viejas y salvajes peleas entre peronistas. Hasta se podría decir que el kirchnerismo perdió el principal distrito del país sin, siquiera, poder dar pelea, lo que constituye un dato no menor acerca de su decadencia. Las huestes de La Cámpora brillaron por su ausencia y no hubo, a lo largo de toda la campaña, ninguna movilización popular genuina en la que el kirchnerismo pudiese sustentar su pretensión de continuidad. Sin pena ni gloria, Cristina Fernández de Kirchner emprende el camino del ocaso.

EL CAMINO DEL OCASO….

Atrás quedan las pretensiones fundacionales, las proclamas del mejor gobierno de la historia, la reforma constitucional, la eterna re-elección y disparates como el tren bala. Peor, todavía, deberá atravesar el desierto de estos dos años de final de mandato acosada por todos aquellos a los que su gobierno acosó y aún aquellos a los que su gobierno sirvió de felpudo. Unos por bronca, los otros por despegarse del fracaso, todos harán fila para pegarle. Se sumarán a la hilera los jueces y los fiscales, los conversos y los desagradecidos. Sus funcionarios gastarán horas en tribunales y, no pocos, conocerán la hospitalidad de las rejas penitenciarias. Y eso no por afán justiciero de los que vienen, sino por la necesidad que tienen, de ser creídos como algo distinto, quienes, en realidad, son más de lo mismo. CFK conocerá la ingratitud, la soledad y la dureza de los otoños en la vida de los patriarcas. Su final de ciclo será convulsionado, todas sus decisiones serán sometidas a cuestionamiento, algunos de sus mejores alfiles deberán salir de la escena y sólo unos pocos leales la acompañarán hasta el final del ciclo con la ingenua esperanza de negociar una tregua con los vencedores que les asegure su jubilación de corruptos impunes.
En tanto, acá abajo, donde las mentiras y las promesas de los candidatos valen menos que un plato de sopa, las urgencias seguirán siendo las mismas y los caminos para resolverlas seguirán siendo los de siempre. Dice un viejo chiste anarquista que si las elecciones le sirvieran al pueblo para algo, ya las habrían prohibido. Por eso son legales y obligatorias, para convencernos de que sirven para algo. Pero sí está prohibido que el pueblo delibere o gobierno de manera directa, que peticione de malas maneras o que se organice de manera independiente del estado y sus aparatos de dominación. Y prohibido en serio, sino miremos a los presos de Bariloche o Corral de Bustos, a los 5.000 procesados y a los miles de pibes asesinados por el gatillo fácil del régimen.

Nada bueno pude esperar el pueblo de esta democracia bastarda, hija de la dictadura y de los amos internacionales, fuente inagotable de prebendas y negociados. La rebelión de los de abajo madura en el mundo entero como respuesta a la crisis capitalista y nos convoca a redoblar los esfuerzos en cuanta lucha se libre y en cuanta batalla se plantee. El futuro está sembrado en el sacrificio de miles de luchadores, se nutre de nuestra memoria colectiva y está a tiro del puño de los pueblos.

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Revista La Maza N° 44


EDITORIAL
  Todos los cuerpos sociales se pudren, como el pescado, por la cabeza. En nuestro caso es el régimen político instaurado sobre la crisis del 2001 y desde el que se salvaguardan y perpetúan los peores intereses de la dependencia, el saqueo y la explotación, el que está entrando en proceso de honda e irreversible descomposición. El gastado recurso del discurso “progresista” ya no puede ocultar la decadencia de los pilares económicos sobre los que se asentó su dominación y la insatisfacción social que la acompaña. La persistencia de la miseria y el desempleo como realidad endémica en vastos sectores de la población, la inflación comiéndose los magros ingresos de los que tienen trabajo, la vivienda digna como privilegio de unos pocos, la salud pública reducida a ruinas, la deserción escolar y la juventud sin empleo ni estudio son apenas indicadores de un ciclo que está llegando a su fin: ya no tiene cómo legitimarse ante una población humilde a la que los cansadores discursos presidenciales no logran conmover. Lo que comienza como una sensación en los bolsillos, poco a poco, se instala en la conciencia colectiva. Al principio lo hace de una manera primitiva, condenatoria, un “esto no va más” que anticipa el paso a la acción de rechazo.
Pero el grado de podredumbre de la dirigencia política no se limita al patético y aislado gobierno. Se extiende en sus instituciones, su cultura sus artistas y periodistas y en la propia oposición burguesa, perfora todos los poros de la sociedad, invade todos los espacios. Un parlamento que es, apenas, una escribanía cara integrada por “ladris”, mediocres y “ladri‐mediocres” para avalar los deseos autoritarios de la banda gobernante; testaferros que mudan bóvedas y valijas cargadas de dinero como si fueran trastos; un poder judicial colonizado por el gobierno, los partidos y las corporaciones empresarias que no vacila en “blanquear” a Chevron a expensas de un genocidio en Ecuador; espacios culturales entregados a la dádiva oficial que no se avergüenzan de filmar películas de “alto contenido social” con presupuestos astronómicos, financiadas con fondos públicos y presentadas en eventos “fashion” en Puerto Madero; recitales de músicos “progres” facturados a precios de oro a las arcas públicas; dirigentes sociales oficialistas que se transforman en prósperos empresarios petroleros; periodistas conversos, de mala memoria, que son, ahora, costosos abanderados de la “causa nacional”; políticos que fueron, son y serán parte del modelo de saqueo nacional y explotación social pero que, en vísperas de las elecciones, se travisten en feroces opositores y así hasta el agotamiento.
Semejante decadencia no puede producir más que una conciencia popular precaria y dividida entre los oprimidos que, aun viendo que “esto no va más”, no encuentran modo de expresarse. Es bronca, es hastío y es desesperanza. La protesta adquiere, entonces, formas elementales, primarias, delincuenciales de manifestación y la violencia aparece en todos los rincones de la sociedad. El régimen aprovecha eso y demoniza en los “pibes chorros”, en los “inadaptados”, en la “delincuencia feroz” lo que no es otra cosa que la irrupción salvaje de un generalizado y profundo rechazo social ante la estafa política en curso.

DIFERENCIA DE MODALES, NO DE MODELOS

Unos y otros, oficialistas y opositores, arman su farsa electoral con un ojo puesto en la tormenta que se está gestando en la profundidad de la conciencia de los oprimidos y con el otro mirando a Brasil, a Egipto,
Portugal, Turquía o España, para nombrar algunos de los escenarios de protestas mucho más contundentes.
Esos países les muestran la fugacidad de sus sueños de estabilidad en estos tiempos de crisis feroz y dan fe de la precariedad de su dominación. Sin embargo, ni el oficialismo ni sus opositores pueden apartarse de un libreto que los lleva, irremediablemente, al choque con los explotados. El “modelo” les es común a todos ellos.
El capitalismo es, hoy más que nunca, explotación, saqueo, destrucción del medio ambiente y de la sociedad y estos políticos que compiten por el voto de los pobres son apenas patéticos intérpretes –con aspiración
societaria‐ de una partitura que se escribe en los despachos de los banqueros, de los GEOS de las multinacionales y las mineras, en las oficinas de los pools de siembra, de los especuladores y usureros, de los industriales globalizados. Apenas los separan los modales, las formas de hacer efectivo que el costo de su crisis lo paguemos nosotros. Son diferencias de estilo y modo, no de fondo las que los separan.
Tienen, por otra parte, una coincidencia adicional: utilizar las elecciones para aletargar la incipiente conciencia opositora del pueblo, distraer la atención, alargar los plazos, estirar las agonías. Pero no hay plazos que no se venzan ni cuentas que no se paguen, dice el saber popular y, pasadas las elecciones, profundizada la crisis de dominación en curso, agravadas las condiciones materiales de millones y millones de argentinos que la avaricia capitalista impone, la protesta popular habrá de reaparecer con toda su energía revolucionaria, sumando la experiencia de las rebeliones anteriores y la energía de las nuevas generaciones de luchadores. Y lo harán en el marco de todo un mundo al que los oprimidos están transformando en el campo de la batalla más trascendente de la historia humana, la del fin de la raza de los explotadores.

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Revista La Maza N° 43


EDITORIAL
  Un clima de fin de época, creado por el agotamiento de los recursos económicos sobre los que se sustentó la hegemonía kirchnerista, comienza impregnar la política nacional. La oposición burguesa y sus medios de difusión  amplifican hasta la exageración esta inocultable decadencia; reproducen datos, estadísticas, denuncian escándalo tras escándalo, bóveda tras bóveda. Testaferros y valijeros, amigos y funcionarios descubren el olfato político de algunos jueces que intuyen el irreversible cambio de humor político en la sociedad y se animan a imputar e indagar a quienes hasta hace unos meses eran intocables personajes del poder. Antiguos vasallos políticos se le animan a la ira del Palacio y su moradora y arman, más o menos abiertamente, listas comunes con la oposición para competir en las próximas internas, facilitan fiscales y pagan afiches y pintadas de los supuestos adversarios. Reconocidos militantes de trayectoria social, devenidos oficialistas, admiten en voz baja, la posibilidad cierta de un contundente derrota electoral, anticipada por una grave crisis institucional si la justicia, como todo parece indicar, voltea la reforma judicial y suspende la elección de consejeros de la Magistratura. El impacto de los cuestionamientos comienza a horadar el autoritarismo presidencial, genera fisuras internas y crisis y peleas de gabinete que, muy pronto, serán un juego de niños si el escenario electoral adverso se confirma.
Sin embargo, está lejos de los planes del oficialismo acordar con la burguesía opositora alguna forma transicional de abandono del poder. No existe, para el cristinismo, vida más allá del Palacio y los resortes económicos y coercitivos con los que construyó hegemonía, disciplinó descontentos y premio lealtades y alcahueterías. Y si no existe en lo más alto del poder autoritario voluntad alguna de consenso, mucho menos lo habrá entre las filas de los “Jóvenes Maravillosos” que componen su primera línea de fuego. Lanzados al estrellato y a porciones de poder, caja y fama no por méritos de militancia sino por su eficacia en el besamanos palaciego, son los primeros en proclamar, a voz en cuello, su voluntad de guerra en defensa de esas fabulosas prebendas. Después de haber olfateado las mieles del poder, ni se les pasa por la cabeza el regreso a las penurias del llano y al combate cotidiano por el pan y el alquiler.

TODO TIENE UN FINAL

Se equivoca, entonces, la burguesía opositora si cree que podrá desalojar del mando, fácilmente y por los métodos de la democracia burguesa, a quienes hicieron historia, precisamente, por construir su poder en medio de las ruinas del régimen, después del 2001. Acosado por la adversidad, el cristinismo dará pela y mostrará su verdadero rostro de clase, más represivo y autoritario que nunca. Descargará el ajuste económico sobre los humildes, impondrá –ya lo hace-cepos explícitos a paritarias ficticias mientras su impuesto inflacionario carcome los magros ingresos de los trabajadores. Mostrará que no hay contradicción entre un discurso “ladri-progresista” y una política represiva encabezada por un teniente coronel amigo de los carapintadas y secundada por gobernadores que no escatiman palos a la protesta social en sus provincias. Devolverá golpe por golpe, mazazo por mazazo. Está obligado a hacerlo porque de lo que se trata –pese a los alaridos histéricos e incomprensibles de sus intelectuales pagos-no es de defender ideas, programas, banderas, trayectorias o héroes, sino fortunas, inmensas fortunas, inimaginables fortunas muy mal habidas y peor disimuladas. Lázaro Báez no es más que un peón en ese tablero enorme en el que habitan, no sólo ordinarias bóvedas, sino sofisticadas y fabulosas participaciones societarias en empresas mineras, constructoras, medios de difusión, casinos, petroleras, bancos, de bio combustibles y de producción agraria. Como al náufrago ladrón de galletas de un recordado cuento de Jack London, la avaricia puede más que la prudencia y transforma en valientes a cobardes de reconocida trayectoria.
Por eso, más allá del próximo capítulo electoral, lo que cabe esperar es un recrudecimiento de la lucha interburguesa, un salto adelante en la disputa por la sucesión dentro y fuera del partido peronista y el regreso de las grandes luchas populares como única respuesta superadora a la descomposición del régimen y la guerra entre bandoleros.
Las recientes y masivas protestas populares en Europa, que pusieron en la calle a millones de personas en decenas de ciudades, comenzando a desbordar el control de los aparatos reformistas (los “progresistas” de allá) marcan un camino de enfrentamiento directo con el poder capitalista en el centro de su dominación. Mientras acá la izquierda legal se mata por los lugares en las listas de un frente que no contiene a nadie, la historia está golpeando las puertas del presente. Lo hace con la vehemencia y universalidad que pocas veces tuvo a lo largo de los siglos. La burguesía, la misma clase social que hace doscientos años exigía “Aux armes citoyens!”, comienza a temblar ante la posibilidad de que ese grito sea enarbolado, ahora, por millones de oprimidos lanzados a conquistar el futuro.

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Revista La Maza N° 79. Edición especial

EDITORIAL  A 20 años de la mayor gesta  insurreccional de los últimos 50 años resulta difícil de comprender la actual situación política de ...