Revista La Maza N° 51
EDITORIAL
El kirchnerismo crepuscular
ha decidido comprar su retirada adoptando, sin quejas ni protestas, el programa
de la burguesía hegemónica, aquella a la que extorsionó y a la que le cobró
peaje durante los años de la incertidumbre. Hoy, alejada de sus momentos de
supremacía política, la camarilla gobernante hace malabares para explicarle a
su escasa base militante las virtudes de una política reaccionaria, anti obrera
y entreguista. Justificar la devaluación, el congelamiento salarial, el giro a
la derecha en la política de seguridad, la sumisión a los usureros
internacionales y sus organismos, la entrega de los recursos petroleros o la indemnización
a los ladrones de Repsol requiere un titánico esfuerzo oratorio y una imaginación
que excede a los voceros de la camarilla lumpen y corrupta. Provoca risa oír al
antiguo sirviente del Opus Dei, Jorge Capitanich, convertido en vocero de un gobierno
que, pese a su cacareo populista, defiende, imperturbable ante el ridículo, las
bondades de una política que los trabajadores y el pueblo argentino ya
conocemos de sobra porque la hemos padecido con Isabelita, con Martínez de Hoz,
con Menem y Cavallo, con De la Rúa y su Alianza. No por casualidad los patéticos
discursos de Cristina Fernández terminan en anacrónicas arengas que hablan de
otras épicas, absolutamente ajenas a su conducta, ante un mínimo auditorio tan
juvenil como colonizado, en un minúsculo escenario palaciego convenientemente
alejado de las miserias del pueblo. La burguesía hegemónica, la misma contra la
que se cansó de boquear y a la que más enriqueció este gobierno, se frota las
manos con el giro político del gobierno. Y espera más, mucho más, en este
sinceramiento de clase del kirchnerismo. Quedan tareas pendientes y los dueños
del país le exigen a esta pandilla de ladrones en retirada que las ejecuten.
Hay que restablecer el orden público, hay que retomar institucionalmente el
control de las calles, hay que reglamentar las protestas de manera que se
transformen en inocuas, hay que poner al ejército genocida en las calles (con
el cuento de la inseguridad y el narcotráfico), hay que militarizar las villas
y los barrios obreros (como hace la amiga Dilma en Brasil). Y todo eso para
quitarles a los trabajadores y el pueblo los beneficios y las conquistas
logradas desde el Argentinazo del 2001. Hay que sacarles diez puntos de su
participación en la renta nacional, para retrotraer los salarios a antes de
aquella explosión. O sea, hay que hacer que sea el pueblo el que pague el costo
de una fiesta de la que apenas percibió mendrugos. Y el régimen le exige a un
gobierno derrotado y sin futuro que sea el que lo haga. Y este gobierno
populista otoñal, con altisonantes discursos montoneros aplica la política
miserable de los Rodrigo, Isabelita y López Rega!
AJUSTE PARA EL PUEBLO, IMPUNIDAD PARA LOS LADRONES
El régimen sabe que tiene
un as en la manga para apretar al gobierno en su debilidad: la imprescindible,
ineludible cuota de impunidad que reclama a gritos la enriquecida camarilla
populista en retirada. No es sólo Boudou el que está al borde del precipicio.
Las denuncias por corrupción o enriquecimiento ilícito que involucran a casi
toda la plana mayor de la bandita gobernante, abruman los juzgados.
Curiosamente, casi ninguna de esas causas es automáticamente sobreseída, como
sucedía hasta hace muy poco. Son pocos los afortunados funcionarios cuyas
causas caen en los escasos jueces amigos que aun arriesgan su futuro para
proteger fortunas tan ajenas como mal habidas. La mayoría de los acusados ve
como los expedientes que los involucran descansan sin prescribir en los cajones de los
escritorios judiciales y se transforman en armas cargadas de futuro en manos de jueces ansiosos
de permanencia. El gobierno y esos funcionarios saben que la corporación
tribunalicia es experta, como pocos, en el arte de leer los tiempos políticos y
desempolvar, en el momento justo, los expedientes retenidos. Y saben, también,
no es ningún secreto, que el tiempo político del kirchnerismo es el pasado. La
burguesía cierra sus cuentas con la camarilla gobernante apretándola como un
limón, exprimiéndola hasta la última gota, usa todas sus herramientas y se
monta y expropia la profunda ruptura del pueblo con un gobierno que es, cada día
más, un huérfano político.
La promesa de impunidad es
un poderoso estimulante de esta recuperación de la memoria de clase que está
protagonizando el populismo otoñal. De pronto, son amigos del alma de
Bergoglio, al que siempre amaron, y de Milani y los militares; de pronto Macri,
el cheto gorila o el garca, pasa a ser Mauricio. De pronto el avión presidencial
se abre a los opositores burgueses y se organiza un paseo de compras y placeres
conjunto para la asunción de Bachelet. También de pronto le aflojan plata a
Scioli para detener la inacabable huelga docente y para reforzar sus policías.
Y podríamos seguir largamente con la larga lista de sapos que Cristina está
tragando. Pero esa es la ley de la política burguesa, reconocida hasta por el
propio Juan Perón. En su mitológico Manual de Conducción Política, el viejo escribía que el que gana dirige y
el que pierde acompaña y obedece! Curiosamente, esa lógica peronista es la misma que, hoy,
le aplica la burguesía opositora al kirchnerismo, residuo histórico y cloacal
del peronismo.
La derrota electoral ha
tenido la virtud de llevar al kirchnerismo, de vuelta, a sus orígenes, a
aquellas épocas de señores feudales de provincias, de matones de pueblo, de
patrones de estancia chica. Los discursos épicos suenan cada vez más huecos,
menos sinceros y, sobre todo, menos eficaces. Los cánticos triunfales empiezan
a ser una cáscara vacía que intenta encubrir una deshonrosa retirada política
que puede ser simbolizada en una vieja letra tanguera del gran Enrique Cadícamo:
vuelvo vencido a la casita
de mis viejos Y,
por estas horas políticas, el problema central para esta bandita de chantas,
corruptos, mentirosos y vende patrias es saber cómo llegar en libertad y con
sus patrimonios a salvo a ésa casita, hasta donde llega el precio a pagarle al régimen y,
sobretodo, si los negros
y el
pobrerío van a aguantar ese precio en sus lomos o se van a rebelar.
El 10 de abril habrá un
gran paro general. Lo convocan las CGT de Moyano y Barrionuevo y una bandita de
otros viejos burócratas sindicales que olfatean el olor del cadáver y sólo
quieren posicionarse para la sucesión. Por eso es que le han dado un carácter dominguero
y pacifista al paro. Es que ellos le tienen tanto miedo al pueblo en las calles
como el propio gobierno. Pero las razones profundas que explican la legitimidad
del paro, el hambre en la mesa de los pobres, el desempleo creciente, la carestía,
la exclusión social que revienta en violencia callejera, la entrega del
patrimonio común, deben llevarnos a unir todos nuestros esfuerzos para asegurar
un paro contundente, activo, callejero, rebelde, insurrecto, que desborde y
supere las intenciones de los crápulas de los sindicatos y golpee al gobierno.
Desde estas páginas, convocamos a la izquierda autonómica y libertaria a transformar
el paro dominguero de Moyano y Barrionuevo en jornada de rebelión popular para
derrotar al ajuste y para encaminarnos a derrocar al régimen.
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Revista La Maza N° 50
EDITORIAL
Con éste número,
LA MAZA cumple su 50° entrega. No es poco mérito para una de las pocas
publicaciones forjadas a partir de la insurrección popular del 2001 que logró
atravesar todos estos difíciles años, en los que la cooptación gubernamental,
el cansancio político y la confusión ideológica hicieron estragos en las filas
de las organizaciones populares independientes. LA MAZA no sólo
sobrevivió, sino que se fortaleció en esa lucha para mantener la autonomía política
y construir una clara identidad revolucionaria, anticapitalista, socialista y
libertaria. El primer número, con un formato distinto y más pequeño que el que
adoptaría en definitiva, apareció en aquellos momentos de mediados del 2004,
cuando las clases medias acompañaban la transformación del dolor de Juan Carlos
Blumberg por el asesinato de su hijo en una gran cruzada reaccionaria que sacudía
el tablero político. Decenas de miles de personas acudían a su convocatoria y
hasta el propio Néstor Kirchner le daba entidad a sus reclamos de mano dura, imponiendo
leyes que, claramente, criminalizaban la pobreza y que aún perduran en nuestro
ordenamiento jurídico. No fueron pocos los dirigentes de izquierda que,
seducidos por la multitud, participaron de sus marchas y que terminaron legitimando
una construcción al servicio de los peores intereses. Sin embargo, aquel número
inicial de LA MAZA ya marcaba un camino de ruptura con todo aquello que se
expresada allí: su título de tapa era No hay sociedad segura sin justicia
social! Era el inicio de un camino que, con interrupciones y altibajos,
llegó hasta esta edición. Podemos afirmar, con orgullo, que hemos construido
una herramienta al servicio de la difusión de las posiciones del socialismo revolucionario
y libertario y del debate democrático de ideas dentro de los límites de la
independencia de clase. Ha sido posible por la colaboración solidaria de muchos
compañeros, comenzando por los más humildes, por los compañeros que la
difunden, que la hacen presente en marchas, actos y protestas de todo tipo. También
es fruto del aporte de muchos compañeros que acompañan el camino que nosotros
recorremos, aún con diferencias y distintos puntos de vista y que nos hacen
llegar sus escritos, poesías, ilustraciones y sugerencias de todo tipo. Y,
finalmente, es el producto de un trabajo en equipo, una tarea colectiva, un
debate democrático, fraterno y cotidiano entre los que formamos su equipo de
redacción y edición. A todos ellos les agradecemos sus aportes, sin los cuales
no hubiésemos podido llegar hasta acá. Y, fundamentalmente, les agradecemos a
los miles de compañeros que nos han leído en ésta travesía y que son el
destinatario de nuestros esfuerzos. Si hemos contribuido a acercarles una visión
distinta del marxismo y del socialismo libertario que los llevó a reflexionar
sobre nuestro papel como oprimidos en esta lucha emancipadora, si les hemos
provocado una duda o hemos despertado su curiosidad, si le hemos acercado un
panorama de las luchas populares y de los debates en el seno de nuestra clase,
si hemos podido despertar su sensibilidad revolucionaria, habremos cumplido con
creces nuestra misión.
GOBERNANDO CON EL PROGRAMA DE LA PEOR
DERECHA
Por otra
parte, también en este mes de marzo, hemos escuchado el largo mensaje a la Nación
de Cristina Fernández, en ocasión del inicio del periodo legislativo. Fue acompañada
por una cada vez más menguada y mejor pagada convocatoria de sus aparatos, a
los que la Plaza del Congreso les quedó enorme de tanto vacío y tanta
indiferencia popular. Su discurso fue más gravitante por lo que no dijo que por
lo que sí dijo. No habló del país de la inflación que se come el bolsillo de
los pobres, nada dijo de los salarios o las jubilaciones clavados en cifras de
hambre, no mencionó el desmadre energético que azotó a la población durante los
meses previos ni el despojo a la economía popular consumado con su devaluación.
No se hizo cargo del vergonzoso acuerdo con Repsol ni dio los detalles
reservados de la sociedad con Chevron en Vaca Muerta. CFK no quiso llamar por
su nombre, ajuste brutal contra el pueblo, a su giro económico.
Pero sí habló
del problema que, realmente, comienza a preocupar cada día más a su gobierno:
el control de la calle, la resistencia social que crece, las protestas cada día
más generalizadas. Y, cuando lo hizo fue aplaudida por toda la derecha
legislativa, incluidos los macristas: va a elevar un proyecto de ley para
castigar a los que manifiesten su bronca en la vía pública. Eso mismo es lo
que, en su accionar, ya anticipaba su Villar y Margaride de cabotaje, el carapintada
de Sergio Berni.
Finalmente,
el kirchnerismo que ha adoptado como propio el programa económico de la derecha
liberal, asume, también, su reclamo de mano dura ante las protestas. De aquel progresismo,
siempre más discursivo que efectivo, ya no queda nada. Ahora, al kirchnerismo
es muy poco lo que lo distingue de los tradicionales aparatos de la dominación capitalista.
Se ha transformado, definitivamente, en un discurso lleno de mentiras que muy
pocos creen para justificar una política de hambre y entrega que nadie, en las
filas del pueblo, avala.
El populismo,
como siempre ha sucedido en la historia, llegado el momento de las vacas flacas
deja atrás su ropaje benefactor y se pone a disposición de sus amos. Les
entrega los restos de popularidad y control de calle que aún le restan, con tal
de preservar la tasa de ganancia de los capitalistas, aun cuando, al hacerlo,
sacrifica su futuro político como corriente. Sólo un gobierno peronista, antes,
debió enfrentarse al pueblo como ahora lo hará éste gobierno. Fue el de Isabel
Perón, la que terminó sus días a manos de los militares, acorralada por las
protestas y las huelgas de millones de trabajadores peronistas y despreciada
por el pueblo. Ahora, el gobierno de CFK deberá confrontar con su propio electorado
y con su base social para imponer el programa de la derecha, el que ha hecho
propio, el de devaluación, inflación, bajos salarios, hambre y entrega. En las
luchas que están por venir no sólo se decidirá si el pueblo paga la fiesta de
los burgueses, sino, también, si el viejo verso peronista resiste una nueva
traición o si abre paso a una nueva identidad política de los oprimidos, una
identidad de liberación y emancipación social que entierre, definitivamente, la
dominación capitalista.
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Revista La Maza N° 49
EDITORIAL
Finalmente,
por si alguna duda les quedaba a algunos, el gobierno de Cristina Fernández se
ha quitado todas las caretas y se ha despojado de todo disimulo. Ante el
achicamiento de sus recursos económicos, con creciente déficit fiscal, brutal e
insoluble crisis energética, caída estrepitosa de las reservas y una inflación
y dólar negro fuera de control, se ha lanzado a aplicar un ajuste feroz contra
el pueblo. En los últimos dos meses el peso se ha devaluado en casi un 40%, la
inflación del año que acaba de terminar rondó el 30% y se estima que enero
arrojará un crecimiento de los precios cercano al 6%. Los aumentos del
transporte público y de los combustibles de diciembre han sido sucedidos,
ahora, por una verdadera ola de remarcaciones de todos los precios. Este ajuste
brutal implica una confiscación de los ingresos de los pobres que supera el 30
% y que golpea, especialmente a los más humildes. Los jubilados, los docentes,
los empleados públicos, los que sobreviven con planes sociales, los
trabajadores y los pequeños comerciantes, los más vulnerables, los siempre
castigados y postergados serán los más afectados. Los capitalistas no vacilaron
en trasladar el nuevo precio del dólar a todos los productos, empezando por los
que componen la canasta básica. Incluso, durante los últimos días de enero,
fueron varias las cadenas de electrodomésticos y otros rubros que no tenían
precio de venta porque estaban reelaborando sus listas.
Este nuevo ataque a la economía popular sucede al despojo que ya se venía perpetrando con índices
inflacionarios que erosionaban regularmente el escaso poder adquisitivo de los
salarios. El resultado es que, en la fabulosa década ganada millones de
argentinos serán sumergidos en la miseria, en medio de una oleada de carestía
como no vivíamos desde el 2001.
Por otra
parte, los exportadores, comenzando con los dueños de las cosechas y las cuatro
grandes empresas monopólicas amigas del gobierno que concentran las
exportaciones de granos, se frotan las manos: de un día para otro han multiplicado
sus ingresos. Lo mismo festejan las grandes empresas, extranjeras casi todas,
cuyos costos en dólares (salarios, servicios de energía e insumos locales)
disminuyen en un alto porcentaje mientras crecen sus posibilidades de exportar.
Y más festejan la banca, los usureros y los piratas de las finanzas que ganan
en una punta y otra de la timba especulativa en curso.
HAY QUE ENFRENTAR EL AJUSTE Y LA MISERIA
KIRCHNERISTA
Pero este
giro político del gobierno, accediendo a las demandas e imposiciones de los
poderosos, es sólo el principio. El kirchnerismo en bancarrota, con sus cuentas
en rojo, sin conducción política y sumergido en una ola de repudio popular, se
arrodilla ante los acreedores y usureros internacionales, pidiéndoles perdón y
permiso para volver a endeudarse con ellos mismos a tasas exorbitantes.
Recorrerán el mismo espinel de banqueros, consultoras, organismos
internacionales y prestamistas que han recorrido antes Cavallo, Lavagna, Lemes
y tantos otros ministros de economía del régimen. La deuda, la que, pese a los
discursos mendaces del gobierno, jamás dejamos de pagar y jamás dejó de crecer,
volverá a ser el primer mandamiento de los argentinos. Seguiremos viviendo para
pagarles a los usureros préstamos que nunca vimos, que jamás construyeron
hospitales ni escuelas ni puentes ni rutas ni viviendas, pero que sí
enriquecieron a esos ministros, a los coimeros, los intermediarios y, por
supuesto, a nuestros gobernantes convertidos en agentes de cobranzas de los usureros.
Pero para
poder volver a endeudarse, el gobierno deberá arreglar las cuentas pendientes
con todos aquellos a los que nunca les iba a dar nada. Ya peregrinó Kicillof
ante los fondos buitres, ante los españoles de Repsol y los acreedores en el
CIADI, se humilló ante los chinos y suplicó en el Club de París. A todos ellos
les aseguró que les pagarán con creces lo que reclaman. Lo harán con el hambre
del pueblo, con tarifazos que nos cobrarán servicios públicos destruidos a
precios internacionales, con salarios miserables y congelados, con jubilaciones
de indigencia y condenando al hambre a toda una generación. Volverán a la
eterna deuda de la que fueron celosos pagadores. Terminarán aceptando que el
Fondo Monetario Internacional u otro organismo similar les audite las cuentas y
les dicte las políticas adecuadas para asegurarle a los usureros la certeza del
pago. Ese es el camino que ha adoptado, en su bancarrota y descomposición política
y moral, la camarilla de lúmpenes que nos gobierna con su autista jefa a la
cabeza. Saben que pagarán un alto precio: el irreparable desprecio del pueblo
e, incluso, el alejamiento de muchos de los que los siguieron. No son pocos los
que están saltando el cerco y alejándose de un palacio y una corte de
alcahuetes que está bailando sobre la cubierta del Titanic, como bailaba
Cristina el 10 de Diciembre mientras el país ardía en saqueos y los muertos se
contaban por decenas. Verbitsky y el CELS, Horacio González y su Cartera
Abierta, la Paco Urondo, sectores del Evita y tantos otros, junto con
preocupados gobernadores, intendentes, punteros y sindicalistas ven venir una tormenta
social de magnitud y buscan nuevos refugios.
Sin embargo
puede suceder que el kirchnerismo pague un precio más alto, todavía, y
arrastre, en su caída, al régimen todo: puede que la extendida bronca popular
se transforme en acciones de repudio callejero y que una oleada de protestas populares
sacuda el tablero de los intereses imperiales y de sus sirvientes locales. La
democracia bastarda de radicales, peronistas, social demócratas y macristas no
tiene nada que ofrecerle a los oprimidos y éste derrumbe estrepitoso de los kirchneristas
es la confirmación de que nada puede esperar el pueblo de ninguna de esas
variantes de la partidocracia corrupta, mendaz y servil.
Empezamos a
transitar momentos que pueden marcar épocas: es posible que un pueblo que no ha
olvidado las lecciones aprendidas en años de lucha anteriores se ponga a andar
por sus banderas; puede que vuelvan a brotar, como sucedió apenas unos pocos años
atrás, como flores en imparable estallido de primavera, las organizaciones independientes
de agrupamiento y lucha de los oprimidos. Puede que un Argentinazo esté
madurando y es obligación de todos los luchadores empujar su caminar hacia el
futuro.
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Revista La Maza N° 48
El cambio
ministerial dispuesto por CFK es un claro reconocimiento de la debilidad política
en la que ha quedado sumido el gobierno después de las dos palizas electorales
sufridas en los últimos meses. El retorno del kirchnerismo al viejo peronismo
dejó en el camino a algunos leales pero impresentables soldados, encabezados
por Guillermo Moreno y Abal Medina, y en una situación de extrema incomodidad a
los aliados progresistas, como Verbitsky y Carta Abierta. La aparición rutilante de
Capitanich, ex colaborador cercano de Duhalde, como presunto hombre fuerte y
posible heredero oficial y la entrega del manejo económico a un ex discípulo de
Domingo Cavallo, como Kicillof, anuncian que el gobierno se dispone, con sus rémoras
y contradicciones, a cumplir la agenda política social y económica de los
vencedores. El dinero se acabó, la fiesta se termina y el ajuste ha llegado. Un
nuevo cepo, ahora salarial, ha sido anunciado por éste tándem como receta
salvadora para combatir la inflación: las paritarias no podrán firmar aumentos
por encima de un miserable 18 %, sentenció Kicillof. El kirchnerismo en
decadencia adhiere, así, a las posturas del maestro de su ministro de Economía:
no son los explotadores, los comerciantes y los especuladores los que generan
la inflación y lucran con ella, sino que los precios aumentan porque los pobres
luchan por no morirse de hambre! El anuncio de un inevitable tarifazo
selectivo y una devaluación del 30% sobre el dólar turista fueron acompañados
con un alza de todos los combustibles líquidos, medida que, en un país donde el
transporte automotor es la regla, generará un fuerte impacto en el costo de
vida de los humildes. No habrá bonos para jubilados ni aumentos de emergencia
para nadie, pero sí se atenderá con solicitud todo reclamo de los usureros
internacionales que afecte la posibilidad de volver a endeudar a nuestro
pueblo. Empezando por pagarles a los españoles de Repsol una cifra cercana a
los 8.000 millones de dólares como resarcimiento por haber vaciado nuestro
subsuelo de petróleo y gas. Y otros 500 millones para cumplir con el CIADI, un tribunal
a la medida de los usureros. Y, para acompañar en el terreno social este giro
hacia los dueños de los mercados (volveremos a donde nunca debimos
irnos!, dijo un eufórico Néstor Kirchner en Wall Street hace algunos años!!), se fortalece
un eje represivo basado en el ejército y conducido por un ex capitán
carapintada (Berni) y un general genocida (Milani), al que una desquiciada Hebe
de Bonafini saluda con entusiasmo como un militar sanmartiniano.
LA AGENDA DE LOS POBRES
Sin embargo,
el país que acaba de propinarle una paliza electoral al gobierno no lo hizo
para reconstruir un gobierno recostado en la peor derecha, sino para proclamar
que no admite más parches ni limosnas y que no ha sido partícipe de la dékada
ganada por esta bandita de aventureros y sus patrones. El malestar
social se extiende a todas las capas de la población humildes y la bronca
madura en los barrios pobres. La pérdida del poder adquisitivo de los salarios,
el insaciable avance de la inflación sobre los sueldos, las suspensiones y los
despidos y la evidente caída de la demanda laboral suman su cuota de
desesperación en millones de argentinos que nunca gozaron de los beneficios de
la cajita feliz administrada por el gobierno y sus secuaces. La oleada de
saqueos que conmovió al país y desnudó un gobierno paralizado, anticipa la
llegada de un tiempo en el que el pueblo explotado tratará de imponer su propia
agenda por encima de los intereses de las distintas fracciones y camarillas
burguesas. Que prácticamente la mitad de las policías provinciales se hayan
amotinado o acuartelado es un claro indicativo de la quiebra del orden
capitalista. El servilismo con el que gobernadores de distinto signo pero de
economías igualmente quebradas acudieron, bajándose los lienzos, a satisfacer
los reclamos de sus guardias pretorianas pone en evidencia su convencimiento de
que sin esos verdugos en las calles no durarían ni una sola noche en el poder.
Pero ninguna sociedad se sostiene sólo por el número o armamento de sus
guardianes: para lo único que no sirven las bayonetas -decía Napoleón-
es para sentarse encima de ellas. Aún el más
autoritario de los gobiernos requiere, de manera imprescindible, tener alguna
legitimidad, algún reconocimiento social, por así decirlo, de poseer utilidad
y beneficio público y general. Si carece de ello, si el pueblo no
encuentra contención en esos regímenes, por más poderoso que sea su aparato
represivo, sus días están contados. La rebelión de los milicos, esos asesinos
de pobres fanáticos del gatillo fácil, pone de manifiesto que hasta ellos han
intuido que al gobierno le queda poca nafta en el tanque, que serán requeridos
a tiempo y palazo completo y aumentan su precio como mercancía escasa y necesaria.
En el otro lado de la calle, la falta de legitimidad del régimen se expresa en
el rechazo a un gobierno que ha vivido en la ostentación de la opulencia, que
ha despilfarrado millones de millones de dólares, que ha entregado al economía
y la soberanía nacional como ninguno en las últimas décadas y se traduce en
desprecio violento a normas de convivencia y buenas vecindades que sólo sirven
para perpetuar la miseria. En los saqueos, como en botica, se mezcla de todo.
Desde las internas policiales hasta las sucesiones políticas, desde los matones
de barrio hasta los lumpenes de las barras bravas dejan su huella en estos
hechos. Pero, la llama sólo enciende la pradera si el pasto está seco y ese
clima social de bronca y desesperación, sostenido por la miseria perpetua y el
futuro sin esperanza, es el que explica la masividad de los saqueos, su
generalización y su extensión geográfica. Reducir este clima de estallido
social que se está instalando en todo el país a maniobras políticas o
policiales es seguir gobernando con el INDEC de Moreno en la mano, una estadística
donde no hay pobres ni miserables y donde todos estamos felices de ser parte de
la dékada robada. Finalmente, la realidad hace trizas el doble discurso y la
mentira permanente del progresismo bien pago. Han pasado apenas semanas desde
las elecciones y ya el pueblo está marcando, de manera inorgánica, violenta y
caótica, cuál es la agenda que pretendió imponer en octubre. El año que se
inicia será el de una confrontación directa, sin mediaciones discursivas, entre
esas dos agendas, entre esos dos programas, el de los pobres para imponer un
nuevo orden social y el del régimen para perpetuar la miseria y la entrega.
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Revista La Maza N° 47
En medio del clima
funerario que vivía el oficialismo después de la derrota en las elecciones
legislativas, el fallo de la Suprema Corte de Justicia contra el Grupo Clarín
por la Ley de Medios, fue una bocanada de oxígeno invalorable.
Permitió que sus voceros
recuperaran una sonrisa extraviada y que algunos de ellos se ilusionaran con
retomar una iniciativa política que, a la luz de los resultados electorales,
aparece en otras manos y en otros dirigentes burgueses.
Sin embargo, el dictamen
sigue dejando las puertas abiertas a las chicanas de los abogados de esta
Corpo, que no se resignará fácilmente a perder los privilegios y las posiciones
monopólicas acumuladas a lo largo de décadas transando con el poder político.
Pero, en cuanto a la realidad del gobierno, es claro que, una vez que se
disipen los vahos del festejo, la contundencia de la relación de fuerzas
expresada en las urnas lo volverá a poner a la defensiva y contra las cuerdas.
El resultado electoral ha
significado la constatación del agotamiento del kirchnerismo como proyecto de
dominación política, autoritario y populista a la vez, al servicio de los
grandes capitales. Este proceso de decadencia, iniciado en el 2009, atravesó idas y
vueltas y parece, ahora, haber alcanzado un punto terminal. El oficialismo
perdió en todos los grandes distritos y en casi todas las grandes ciudades del
país. Fue arrasado por Massa en la madre de las batallas, la provincia de
Buenos Aires. En la Capital Federal quedó relegado a un tercer puesto,
perdiendo los dos senadores que tenía. En Santa Fe y Córdoba, quedaron
terceros. En Mendoza quedaron segundos, detrás del destituyente Cobos y en
Santa Cruz, su terruño, fueron derrotados por el radicalismo después de décadas
de hegemonia. En sólo dos años, el kirchnerismo perdió más de cuatro millones
de votos. La licencia de la Presidenta, por sus problemas de salud, fue infructuosamente
utilizada para intentar generar un voto solidario con su figura, cosa que
estuvo lejos de suceder. Sirvió, en cambio para sacarla de un escenario de
derrota, donde la patética figura de Boudou como maestro de ceremonias reflejó,
mejor que cualquier análisis, la bancarrota política del gobierno. Sirvió,
también para hacer pasar desapercibida ante los ojos del pueblo la nueva
agachada de estos progresistas de cartón, poniéndose de rodillas ante el Banco
Mundial y ante los que litigaron contra el país en su tribunal (el CIADI), pagándoles
juicios indemnizatorios por más de 500 millones de dólares.
EL HORNO NO ESTÁ PARA BOLLOS
Se ha abierto una etapa de
transición política, en la que el régimen se apresta a encarar la sucesión del
kirchnerismo, con o sin su acuerdo. El problema es que lo hará en el marco de
una fuerte retracción económica, desajustes cambiarios, déficit fiscal e
insostenibles importaciones energéticas, entre otros obstáculos, lo que
transformará los tiempos por venir en un hervidero de maniobras, presiones,
corridas, aprietes y convulsiones. La gran burguesía, reunida en el coloquio
anual de IDEA, realizado el mes pasado en Mar del Plata, elaboró su plan económico
y financiero. El derrotado carece de derechos, parecieran decirle, los
dueños del país al gobierno. Por eso aspiran a que sea el kirchnerismo agónico
el que se haga cargo del precio de la fiesta y de un feroz ajuste sobre el
bolsillo de los pobres. Este verdadero ultimátum ya comienza a dividir aguas
dentro del oficialismo, entre los gobernadores, entre los caciques
territoriales y en el propio gabinete de ministros. Todos ellos se encuentran
en estado deliberativo y todos aspiran a quedarse con algún bote salvavidas
cuando venga el inevitable naufragio. Debilitado, el gobierno comenzará a
encontrar fuertes resistencias a un autoritarismo huérfano de respaldo y carente de futuro. La reaparición
de la Liga de Gobernadores y el protagonismo de Scioli, anuncian el fin del bonapartismo
kirchnerista, reducido a su núcleo más duro.
La oposición
burguesa es un rejunte de miserias políticas que se alimentan del ocaso
oficialista y que no tienen más programa que el ajuste, el congelamiento de
jubilaciones y sueldos, el recorte del gasto social, el fin de los subsidios,
la devaluación y el tarifazo. Sin embargo, ese programa choca con una realidad
social adversa: el grado de organización popular y el estado de ánimo de la
población no son propicios para hacer pasar ese trago amargo sin que corra
sangre por las calles del país. Eso refuerza las presiones sobre el gobierno
para que sea el que se anime a colocarle el cascabel al gato, utilizando sus menguadas
herramientas de control y confusión (sus desprestigiados organismos de DDHH, la
debilitada burocracia sindical y los mamarrachos territoriales y culturales a
sueldo) y recurriendo, si es necesario, a los Berni, Granados, Milani y los
aparatos represivos, incluidos los militares. Pero el kirchnerismo, dividido y
en derrota, se niega a avanzar frontalmente contra el pueblo porque percibe el
riesgo explosivo que entraña la tarea. La expresión electoral de ese clima
hostil fueron los millones de argentinos que no votaron o votaron en blanco (el
30 % del padrón) y los casi dos millones de votos de la izquierda legalista, la
que recogió la mitad de los votos perdidos por el desacreditado oficialismo.
Ello constituye una clara advertencia de los oprimidos a la burguesía y el
gobierno contra la aplicación de un ajuste. Sin embargo, a los capitalistas las
cuentas no les cierran y cada día les cerrarán menos, por lo que, a regañadientes
o a cuenta gotas, el gobierno deberá aplicar el único programa de la burguesía,
el de la devaluación y el tarifazo. En las calles
y en las peleas por venir se definirá si el régimen logra imponer su receta o
si el pueblo movilizado, en la confrontación directa y violenta contra los
explotadores, les tuerce el brazo e impone una solución acorde a sus intereses
históricos y de clase, abriendo el camino de la verdadera liberación social y
nacional, el camino del socialismo y la libertad.
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Revista La Maza N° 46
En estos días se cumplen
treinta años del restablecimiento de la democracia en nuestro país. La derrota
en Malvinas y la persistencia de la resistencia popular pusieron contra las
cuerdas a la dictadura militar más sangrienta de nuestra historia y la dejaron
a merced de un pueblo heroico y movilizado que ganaba las calles cada vez con
mayor masividad y contundencia.
Exigía justicia, aparición
con vida de los miles de desaparecidos, libertad de los presos políticos,
libertades democráticas, políticas y sindicales. Pero, también y sobre todo,
exigía la restitución de las importantes conquistas sociales y económicas logradas
en décadas de lucha y arrebatas a punta de fusil por los militares genocidas
para enriquecer a los socios empresariales de la dictadura.
Y, mientras la dictadura
apuraba la negociación con los siempre bien dispuestos políticos burgueses y
restablecía la legalidad del funcionamiento de sus partidos, el pueblo
reconstruía su memoria, abrazaba a los sobrevivientes, rescataba las luchas y sus
enseñanzas. Se proponía reinstalar la discusión acerca de qué sociedad
construir y al beneficio de quiénes. Pero ni los militares ni los políticos de
la burguesía estaban dispuestos a tolerar ese rumbo al período post-dictadura
que ya se vivía.
Entonces, transaron. El que
primero acudió a la cita con los genocidas fue el viejo peronismo de Lorenzo
Miguel, Bittel y compañía, el mismo que se incendiaría con el cajón de Herminio
Iglesias. Con un poco más de discreción, también concurrió a la cita la Unión Cívica
Radical, encabezada por el ex cadete del Liceo Militar, Raúl Alfonsín, viejo
camarada de aulas de los generales Viola y Videla.
Fuese como fuese el
desarrollo del acuerdo de impunidad sellado, lo que quedó claro era que el tránsito
a la democracia no sería en beneficio del pueblo explotado ni de la Nación
saqueada. Que se preservarían los negocios y las fortunas mal habidas y ensangrentadas
de la burguesía argentina; que se honraría la deuda externa pactada para
enriquecerlos a ellos y a los banqueros y gestores usurarios; que no habría
revisión de los negociados del Mundial 78 y su TV color; que nadie indagaría seriamente
el destino de los desaparecidos y que se garantizaría impunidad para los artífices
y beneficiarios del período más negro de nuestra historia nacional. Y, tal vez
porque pactó con mayor discreción que los peronistas, fue el partido radical el
que se quedó con el sillón de Rivadavia, empujado por el voto multitudinario de
un pueblo que creyó el verso alfonsinista de democracia en la que se come, se
educa y se cura y de los juicios históricos en los que los genocidas pagarían
sus culpas, mientras la CONADEP preparaba un informe más útil para los
historiadores que para hacer justicia popular.
Lo que vino después es más
conocido. La democracia demostró ser hija bastarda de la dictadura y de los
poderes hegemónicos que aquella o bien construyó o bien fortaleció como nunca.
Los partidos del régimen con su esquema bipartidista, radicalperonista, se
encargaron de desandar los primeros y tibios pasos para acabar con la
impunidad, vinieron las leyes de obediencia debida y punto final, vino el
indulto de Menem y la reconciliación nacional y social con los empresarios
socios e inspiradores del genocidio
y con una cúpula eclesiástica que bendecía los fusiles asesinos.
En estos treinta años se
les pagó a los acreedores varias veces el PBI anual de nuestro país, sólo para
seguir debiendo, cada año, un poco más. En estas décadas, la Argentina de los
pobres quebró varias veces. Se derrumbó el país con mayor alfabetización del
continente; el abismo social se hizo cotidiano para millones y millones de
argentinos que debieron aceptar vivir sobre la basura, comer de las sobras,
vestirse de lo que tiran las clases medias y morir en los basurales;
desaparecieron escuelas y hospitales públicos; la vivienda popular se transformó
en un espejismo y el transporte público se derrumbó. Las empresas nacionales
fueron rematadas a los usureros mientras la tuberculosis, el alcoholismo, las
adicciones y el chagas hacen estragos entre los más pobres. En tanto, las fortunas mal
habidas siguieron sentadas en todos los resortes del poder, ordenando los
pagos, planificando los saqueos, mandando las miserias que sus políticos
serviles ejecutan a cambio de una pequeña parcela de brillo y dinero. La corrupción
de la política y su peaje fue el precio que paga la burguesía para poder seguir adelante con el programa que empezó a ejecutar Videla y que siguieron ejecutando todos los políticos del régimen, incluso este gobierno.
TREINTA AÑOS CONTRA EL PUEBLO
Ahora, a tres décadas de la
caída de la dictadura, el régimen se enfrenta a otro fin de época, al ocaso del
kirchnerismo, a la amenaza de la inestabilidad política en un futuro que
promete vacas flacas y crisis económicas. Y es tan categórica la derrota K que se acompaña hasta con
la salud del árbitro supremo, CFK, comprometida por las categóricas palizas que
está recibiendo y que anticipan un final agitado. Y el kirchnerismo no fue
cualquier gobierno, fue el diseño populista del régimen, con pequeñas
concesiones de forma y homeopáticas reformas de fondo destinadas a apagar el
incendio del 2001; pero, a la vez, pagando como nunca antes cifras siderales a
los usureros y asegurando ganancias colosales a los empresarios nacionales y a
los saqueadores de afuera. El kirchnerismo ya fue, eso es lo que dirán las
urnas este mes. Pero las urnas no dirán quién viene en su reemplazo porque la
burguesía no ha podido instalar un candidato ni un proyecto que le asegure la
estabilidad y el saqueo futuro.
Deberá imponerlos ante un
pueblo mucho más organizado que el del 2001, rebelde, independiente, adicto a
la acción directa y con su memoria política reconstruida. La burguesía sabe que
vienen tiempos difíciles y por eso muestra sus dientes feroces y aparecen los
Milani, los Berni, los Granados y el Ejército y gendarmes y prefectos
desalojando pobres y patrullando ciudades.
Amenazan con hacer tronar
el escarmiento a los que los desafíen, como hicieron en Bariloche, encerrando
por largos meses a cinco humildes luchadores anarquistas para intentar apagar
el incendio social o como pretenden hacer con los trabajadores petroleros de
Las Heras. Pero los tiempos han cambiado y siguen cambiando en contra de sus
designios. Los vientos soplan hacia el futuro y se llevan puesta la hegemonía
universal e inmortal del imperio del norte, amo de estos serviles, y dejan como
un papanatas a su presidente, humillado en Siria e Irán y con su gobierno
cerrado por falta de fondos. Los tiempos por venir, los días esperados, están
llegando. A cada uno lo que le quepa.
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Revista La Maza N° 45
La poderosa
maquinaria electoral, que todo lo tapa y disimula, se apoderó de la escena política
y allí se mantendrá casi hasta finalizar el año. La escalada sin control de los
precios de los productos de la canasta básica, los desalojos, los magros
salarios, el trabajo en negro, el transporte público transformado en asesino serial
del pueblo, el impuesto a la ganancia recaudando 50.000 millones de los
bolsillos de los trabajadores, el acuerdo de la infamia firmado entre CFK y
Rockefeller para entregarle el petróleo argentino a Chevron, los escándalos de
la corrupción y el blanqueo de los capitales fugados, todo eso que ha sido la
realidad cotidiana del régimen, aparece, ahora, disimulado en una campaña
electoral que ignora las demandas de los oprimidos. Por eso es que nadie puede
extrañarse ante la indiferencia popular en la que se desarrolla la pelea entre
estos gerentes de la explotación y la entrega. Más allá de la obligada
concurrencia a las urnas, estas elecciones han estado ausentes de las
preocupaciones del pueblo, así como sus demandas lo han estado de los discursos
de los candidatos.
Sin embargo,
aunque estos comicios no cambien nada de fondo para los oprimidos, sí han
resultado decisivos para los de arriba. En el bloque dominante se han producido
fuertes grietas, cuestionamientos, críticas y exigencias fogoneadas por el
agotamiento de los factores económicos que posibilitaron el éxito del modelo y que
no están en condiciones de ser resueltas por el gobierno. La caída de la
demanda externa, el cepo cambiario, las trabas a las importaciones, las
retenciones a los granos, la retracción del mercado interno y el crecimiento
del déficit energético más allá de lo tolerable por la estructura economía,
transformaron en opositores a empresarios que se codeaban con el poder hasta
unos días antes del comicio y que no vacilaron en aportarle fondos al peronismo
opositor.
Esa situación
buscó y encontró expresión política en los rejuntados peronistas opositores y
en la nueva Alianza de Carrió y Binner. De manera distorsionada, se nutrieron
de un creciente descontento popular y de la penuria económica que afecta a
buena parte de la población. Es por eso que, en estos comicios, un desgastado
kirchnerismo ha sido ampliamente derrotado por una oposición peronista light,
liderada por un mediocre intendente, en el territorio esencial para la dominación
política del país, la Provincia de Buenos Aires. Y lo ha hecho de una manera
tan incruenta que sorprende a los que recuerdan las viejas y salvajes peleas
entre peronistas. Hasta se podría decir que el kirchnerismo perdió el principal
distrito del país sin, siquiera, poder dar pelea, lo que constituye un dato no
menor acerca de su decadencia. Las huestes de La Cámpora brillaron por su
ausencia y no hubo, a lo largo de toda la campaña, ninguna movilización popular
genuina en la que el kirchnerismo pudiese sustentar su pretensión de continuidad.
Sin pena ni gloria, Cristina Fernández de Kirchner emprende el camino del
ocaso.
EL CAMINO DEL OCASO….
Atrás quedan
las pretensiones fundacionales, las proclamas del mejor gobierno de la historia,
la reforma constitucional, la eterna re-elección y disparates como el tren
bala. Peor, todavía, deberá atravesar el desierto de estos dos años de final de
mandato acosada por todos aquellos a los que su gobierno acosó y aún aquellos a
los que su gobierno sirvió de felpudo. Unos por bronca, los otros por
despegarse del fracaso, todos harán fila para pegarle. Se sumarán a la hilera
los jueces y los fiscales, los conversos y los desagradecidos. Sus funcionarios
gastarán horas en tribunales y, no pocos, conocerán la hospitalidad de las
rejas penitenciarias. Y eso no por afán justiciero de los que vienen, sino por
la necesidad que tienen, de ser creídos como algo distinto, quienes, en
realidad, son más de lo mismo. CFK conocerá la ingratitud, la soledad y la
dureza de los otoños en la vida de los patriarcas. Su final de ciclo será
convulsionado, todas sus decisiones serán sometidas a cuestionamiento, algunos
de sus mejores alfiles deberán salir de la escena y sólo unos pocos leales la acompañarán
hasta el final del ciclo con la ingenua esperanza de negociar una tregua con
los vencedores que les asegure su jubilación de corruptos impunes.
En tanto, acá
abajo, donde las mentiras y las promesas de los candidatos valen menos que un
plato de sopa, las urgencias seguirán siendo las mismas y los caminos para
resolverlas seguirán siendo los de siempre. Dice un viejo chiste anarquista que
si las elecciones le sirvieran al pueblo para algo, ya las habrían prohibido.
Por eso son legales y obligatorias, para convencernos de que sirven para algo. Pero sí está
prohibido que el pueblo delibere o gobierno de manera directa, que peticione de
malas maneras o que se organice de manera independiente del estado y sus
aparatos de dominación. Y prohibido en serio, sino miremos a los presos de Bariloche
o Corral de Bustos, a los 5.000 procesados y a los miles de pibes asesinados
por el gatillo fácil del régimen.
Nada bueno
pude esperar el pueblo de esta democracia bastarda, hija de la dictadura y de
los amos internacionales, fuente inagotable de prebendas y negociados. La
rebelión de los de abajo madura en el mundo entero como respuesta a la crisis
capitalista y nos convoca a redoblar los esfuerzos en cuanta lucha se libre y en
cuanta batalla se plantee. El futuro está sembrado en el sacrificio de miles de
luchadores, se nutre de nuestra memoria colectiva y está a tiro del puño de los
pueblos.
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Revista La Maza N° 44
Todos los cuerpos sociales
se pudren, como el pescado, por la cabeza. En nuestro caso es el régimen político
instaurado sobre la crisis del 2001 y desde el que se salvaguardan y perpetúan
los peores intereses de la dependencia, el saqueo y la explotación, el que está
entrando en proceso de honda e irreversible descomposición. El gastado recurso
del discurso “progresista” ya no puede ocultar la decadencia de los pilares
económicos sobre los que se asentó su dominación y la insatisfacción social que
la acompaña. La persistencia de la miseria y el desempleo como realidad endémica
en vastos sectores de la población, la inflación comiéndose los magros ingresos
de los que tienen trabajo, la vivienda digna como privilegio de unos pocos, la
salud pública reducida a ruinas, la deserción escolar y la juventud sin empleo
ni estudio son apenas indicadores de un ciclo que está llegando a su fin: ya no
tiene cómo legitimarse ante una población humilde a la que los cansadores
discursos presidenciales no logran conmover. Lo que comienza como una sensación
en los bolsillos, poco a poco, se instala en la conciencia colectiva. Al
principio lo hace de una manera primitiva, condenatoria, un “esto no va más”
que anticipa el paso a la acción de rechazo.
Pero el grado de
podredumbre de la dirigencia política no se limita al patético y aislado
gobierno. Se extiende en sus instituciones, su cultura sus artistas y
periodistas y en la propia oposición burguesa, perfora todos los poros de la
sociedad, invade todos los espacios. Un parlamento que es, apenas, una escribanía
cara integrada por “ladris”, mediocres y “ladri‐mediocres” para avalar los
deseos autoritarios de la banda gobernante; testaferros que mudan bóvedas y
valijas cargadas de dinero como si fueran trastos; un poder judicial colonizado
por el gobierno, los partidos y las corporaciones empresarias que no vacila en “blanquear”
a Chevron a expensas de un genocidio en Ecuador; espacios culturales entregados
a la dádiva oficial que no se avergüenzan de filmar películas de “alto contenido
social” con presupuestos astronómicos, financiadas con fondos públicos y
presentadas en eventos “fashion” en Puerto Madero; recitales de músicos “progres”
facturados a precios de oro a las arcas públicas; dirigentes sociales
oficialistas que se transforman en prósperos empresarios petroleros;
periodistas conversos, de mala memoria, que son, ahora, costosos abanderados de
la “causa nacional”; políticos que fueron, son y serán parte del modelo de
saqueo nacional y explotación social pero que, en vísperas de las elecciones,
se travisten en feroces opositores y así hasta el agotamiento.
Semejante decadencia no
puede producir más que una conciencia popular precaria y dividida entre los oprimidos
que, aun viendo que “esto no va más”, no encuentran modo de expresarse. Es
bronca, es hastío y es desesperanza. La protesta adquiere, entonces, formas
elementales, primarias, delincuenciales de manifestación y la violencia aparece
en todos los rincones de la sociedad. El régimen aprovecha eso y demoniza en
los “pibes chorros”, en los “inadaptados”, en la “delincuencia feroz” lo que no
es otra cosa que la irrupción salvaje de un generalizado y profundo rechazo
social ante la estafa política en curso.
DIFERENCIA DE MODALES, NO DE MODELOS
Unos y otros, oficialistas
y opositores, arman su farsa electoral con un ojo puesto en la tormenta que se
está gestando en la profundidad de la conciencia de los oprimidos y con el otro
mirando a Brasil, a Egipto,
Portugal, Turquía o España,
para nombrar algunos de los escenarios de protestas mucho más contundentes.
Esos países les muestran la
fugacidad de sus sueños de estabilidad en estos tiempos de crisis feroz y dan
fe de la precariedad de su dominación. Sin embargo, ni el oficialismo ni sus
opositores pueden apartarse de un libreto que los lleva, irremediablemente, al
choque con los explotados. El “modelo” les es común a todos ellos.
El capitalismo es, hoy más
que nunca, explotación, saqueo, destrucción del medio ambiente y de la sociedad
y estos políticos que compiten por el voto de los pobres son apenas patéticos
intérpretes –con aspiración
societaria‐ de una
partitura que se escribe en los despachos de los banqueros, de los GEOS de las multinacionales
y las mineras, en las oficinas de los pools de siembra, de los especuladores y
usureros, de los industriales globalizados. Apenas los separan los modales, las
formas de hacer efectivo que el costo de su crisis lo paguemos nosotros. Son
diferencias de estilo y modo, no de fondo las que los separan.
Tienen, por otra parte, una
coincidencia adicional: utilizar las elecciones para aletargar la incipiente conciencia
opositora del pueblo, distraer la atención, alargar los plazos, estirar las
agonías. Pero no hay plazos que no se venzan ni cuentas que no se paguen, dice
el saber popular y, pasadas las elecciones, profundizada la crisis de dominación
en curso, agravadas las condiciones materiales de millones y millones de
argentinos que la avaricia capitalista impone, la protesta popular habrá de
reaparecer con toda su energía revolucionaria, sumando la experiencia de las
rebeliones anteriores y la energía de las nuevas generaciones de luchadores. Y
lo harán en el marco de todo un mundo al que los oprimidos están transformando
en el campo de la batalla más trascendente de la historia humana, la del fin de
la raza de los explotadores.
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